Texto Narrativo
Cuento
Suite para Violetas
Concéntrate querida, no repitas su nombre, por lo menos hoy no. Hoy estás tranquila, no hagas permanencia a la sombra del delirio que el amor alguna vez causó, se ha ido entre tus miedos. Hoy no temas ser feliz y no temas que él pueda arrebatarte tu felicidad. No pronuncies el nombre de tu tristeza derramada, que nadie note el anhelo de su presencia, que no se note que aún extrañas a...
- ...Miguel.
- ¡¿Qué?!...
Si, efectivamente la tenías que embarrar, tan cerca del orgasmo. Tan cerca del poder olvidar, preferiste reventarte contra la realidad en mil pedacitos. Felicitaciones naturaleza, te ganaste el premio cuando le regalaste el futuro a esta parranda de desadaptados emocionales a los que llamamos juventud.
Mira ya no llores, no es tu culpa, la mayoría de la humanidad ha perdido lo que amaba bajo extrañas circunstancias y no ha muerto. Anda, sonríe, pudo ser peor, pudiste nombrar a tu madre o a tu perro. Ya no llores Violeta que me partes el corazón y nadie puede contar tu historia con el corazón roto. Es más que suficiente con el tuyo.
Anda chiquita, cálmate, te juro que te van a perdonar, sólo dale tiempo a ese proceso. Mira que encontraste un hombre con el corazón de oro que te ha amado desde que te vió en esa calle, bajo esa lluvia, viéndote tan destrozada como una porcelana vieja, no llores que te seguirá amando a pesar de tus raspones, lo prometo. Sonríe un poquito, para mí. Dame un segundo de tus blancos dientes y tus labios de niña, ahora tan rojos después del drama. Siéntate y déjame caminar los pasos que te trajeron hasta aquí.
Empecemos contando que Violeta tiene 26 años y el cabello del color de su nombre, pocas amistades tiene pero es muy popular, hace poco que es profesional por mera exigencia y está descubriendo que el conocimiento es la mitad de lo que necesita para ubicarse tranquilamente en la sociedad y comprar el carro, las cosas y el perro con que ha soñado… o el gato, es flexible con el tema de las mascotas y aunque podría adoptar algún cachorrito desamparado de los escuálidos que llevan los miserables en cajitas y abandonan por ahí, prefiere comprarlo a su gusto, que sea la marca que complemente su identidad.
A los 18 conoció a Miguel, un joven estudiante de psicología que esperaba poder ayudar a su sociedad de la profunda crisis en la que la veía sumida, todo un filántropo él. Su padre había sido asesinado por la guerrilla por aquellas épocas en que ser un profesional exitoso e independiente suponía una amenaza para las altas mafias, por aquella épocas en que se debatía el futuro de un país con un lenguaje hecho de plomo y mujeres que rezaban en sus camas cada noche para no explicar a sus hijos que este ambiente no es normal.
Se encontraron una tarde, en una tertulia con bebidas calientes y temas álgidos. Él proclamaba en voz alta la inconformidad a nombre de compañeros de los que no sabía ni el nombre y ella cayó rendida en ese canto de sirena. Tan hermosa fue su canción que saltaron del canelazo a algún motel de mala muerte en una esquina, víctimas de las urgencias del cuerpo que comúnmente se confunden con “pálpitos de amor”.
Se amaron, en ficción o realidad, pero se amaron. Se enfrentaron a los cánones de una sociedad a la que humillaron de anacrónica y bajaron de su estrato cuatro a un modesto apartaestudio en un barrio de casas viejas y derruidas, de los que llaman ambientes coloniales. Tomaron trabajos de medio tiempo para solventar los gastos que exigía la intimidad y así pagar la independencia con que pretendían expresar su amor y sus orgasmos.
Mi Violeta se esforzaba en sus labores, recordaba a su madre en su papel de ama de casa y trataba de imitarla tan fielmente como podía. Aprendió a cocinar y colocar flores en su mesa, a lavar la ropa y planchar esmeradamente, a callar y soportar los reproches como gajes del oficio. Aprendió a guardar los desprecios en su corazón y a obviar los olvidos de su compañero, quien por su parte se dedicó a buscar dinero responsablemente, pensando encontrar en la capacidad económica recuperar la alegría de su compañera.
Y en un esfuerzo cada vez mayor fueron tensionando los lazos de una comunicación cada vez más sorda, más lejana. Fueron estrechando los caminos hasta hacerlos infranqueables temiendo tener que tomar las decisiones que los lleven a separarse, hasta que un día no fue necesario pronunciar una palabra. El silencio acalló el amor y este murió sin haber nacido el fruto.
Un martes cualquiera de septiembre, mi Violeta abandona el nido dejando en una nota la lista del mercado que hace falta y un beso de sus labios rojos, sin una explicación, sin un adiós ni un noerestúsoyyo que justifique esta despedida. Cierra la puerta de madera con los ojos llenos de lágrimas y el corazón de Miguel lleno de preguntas. Mi niña no pretende volver y lo sabe, por eso no deja una pista de su ruta, no deja ni una miga al principio de este bosque.
Con ayuda de sus padres abandona el país y la Violeta desanda su camino hasta los Alpes para continuar con los artes que abandonó por el camino, a retomar la pintura que ya no conoce y leer los libros que ha olvidado, destrozada por la amargura y el desazón de no sentirse amada como soñó. Acompañada de una maleta de sueños y el poco italiano que aprendió en su juventud, camina por las calles de Florencia buscando lo importante y olvidando lo urgente, con el ceño fruncido busca la vida para la vida que lleva en su vientre; se llama Marco, y lo siente latir cada vez que piensa en guitarras.
Ella toma lo que ama y le brinda todo, es su modus operandi, ofrece la vida y no le pide nada a cambio. Ahora, sentada a la orilla de un camino empedrado, siente un corazón dentro de su corazón, tiembla de nervios, ¿o de emoción?... no son temblores, son sudores fríos, son dolores agudos, Marco le desgarra las entrañas para liberarse, irse de su cuerpo y no volver. Violeta se torna púrpura en sus piernas y no encuentra las palabras entre su poco italiano para gritar que se muere y que quisiera con todo su corazón que el amor perdido sostuviera su mano para no parir sola.
Violeta arrojada al suelo grita y patalea. No llores mi niña que ahora todo es un sueño, el mal recuerdo de ese paso, ya no llores que lo hermoso viene ahora, cuando un príncipe azul te toma de la mano para llevarte a un hospital. Ese mismo que duerme contigo en tu habitación esa noche y pregunta desesperado en todos los sitios si alguien conoce tu nombre, tu apellido o tu dirección. Ese que al amanecer después de tu desdicha, te abraza y te ofrece el aliento que te falta, hablándote en tu lengua, regalándote en tu dialecto el amor después del amor.
Que en este preciso instante te prepara un jugo de naranja para que no llores más y te ofrece un beso en los labios, en la mitad de la boca, en la mitad de los sueños. Para que no recuerdes el dolor que ya fue, princesa mía, para que ahora disfrutes las sonrisas que has pagado con muchas lágrimas.
- Si, lo siento mucho.
- Trata de no alterarte, puede que le haga mal a tu embarazo.
No llores mi Violeta, que ahora llevas otro corazón dentro de tu corazón.
Presentado a: Alexandra Mora
Redacción Periodística I
Presentado por: Angélica Maria Gallardo
Código 89080259256
Programa Comunicación Social
Universidad de Pamplona Ext. Villa del Rosario